“Una sola muerte numerosa”: sin lugar para el olvido

Argentina, 1976. Los militares han tomado el control del país e instaurado un régimen genocida y dictatorial al mando del que se encuentra el general Videla. Innumerables personas son retenidas y torturadas en centros de detención ilegales o clandestinos; miles de ellas desaparecerán para siempre, asesinados, sus cuerpos lanzados a ríos y mares. Esta, desafortunadamente, no es una historia de ficción; es, en cambio, un relato que en otros marcos geográficos y en otros ejes temporales, con otros nombres, se ha repetido para vergüenza del género humano. Por eso, para que el recuerdo viva, para que los culpables sean juzgados y las víctimas reparadas en la medida de lo posible, para que nunca más llueva sobre tumbas anónimas de caminos olvidados, Nora Strejilevich ha recogido en su libro Una sola muerte numerosa el testimonio de quienes padecieron la brutalidad del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, víctimas entre las que ella misma y varios allegados (como su propio hermano Gerardo, nunca aparecido) se encuentra. Y todo esto mientras la desaparición de cuarenta y tres estudiantes mexicanos sacuden los titulares de los periódicos…

Una sola muerte numerosa

El pasado septiembre, Nora Strejilevich visitó Galicia con Una sola muerte numerosa bajo el brazo, así que quise indagar más sobre el libro y su contexto y le propuse a Nora Strejilevich una batería de cuestiones que muy amablemente respondió:

Dúas Lúas. “Una sola muerte numerosa” revive la pesadilla de la brutal represión ejercida en Argentina tras el golpe de Estado encabezado por el general Videla en 1976, de la que fuiste víctima en primera persona. ¿Cuál es tu peor recuerdo de esos momentos que quieras/puedas compartir?

Nora Strejilevich. Me secuestraron el 15 de julio de 1977. A los pocos minutos de ser depositada en el “Club Atlético” –que no es un club sino un centro clandestino de tortura y exterminio–y tras un breve recorrido que pasé maniatada en el piso de un Ford Falcon (supe después que me habían llevado en uno de esos autos, usados en los setenta en la Argentina para “chupar subversivos”) me lanzaron al llamado “ablande”. En la jerga del mundo donde lo atroz es lo cotidiano esa es la sesión de tortura que inicia el proceso de succión de información y despojo que sufren los secuestrados. Fue entonces cuando escuché a mi hermano gritar: “me están matando”. Me pareció que su voz provenía de una sala próxima a la mía y sospeché que lo hacían adrede, para potenciar el dolor y acelerar el posible “quiebre”.

Cuando “me largaron” dudé que se tratara de él. Si bien todos los gemidos que, ya en la celda, trataba de distinguir –de viejos, chicos, mujeres, hombres– son inolvidables, el de mi hermano era único, íntimo, desgarrador como ninguno. Sin embargo, la distancia y la sensación de extrañeza que depara la liberación hicieron que sospechara de mi percepción. Finalmente a mediados de los ochenta me encontré con un amigo suyo (había sido secuestrado con él y también sobrevivió) y, atando cabos, ratifiqué que no me había equivocado. Había oído a mi hermano.

Pero peores son los recuerdos que nunca podré tener: la hora en que fue arrojado desde un avión ya sea al río o al mar. Peores son las memorias que ni siquiera pueden llegar a ser recuerdos.

D.L. ¿Cómo nace “Una sola muerte numerosa”? ¿Fruto de una necesidad interior o de alguna propuesta externa?

N.S. Nace de ambas. El disparador fue un curso de Autobiografía que tomé en la Universidad de la Colombia Británica, en Canadá, donde estudié literatura latinoamericana: el profesor nos invitó a escribir la nuestra en lugar del habitual ensayo final, y acepté el reto. Pero ya había empezado a escribir poemas que eran una forma de hacer que el lenguaje se acerque a lo “indecible” (aunque, como dijo Jorge Semprún, es más bien invivible). De todos modos el sobreviviente a menudo escribe porque siente un impulso, una imperiosa necesidad transmitir eso que nunca debió haber sucedido. Esto lo explica muy bien Primo Levi, autor de Si esto es un hombre y testimonialista paradigmático de los crímenes de la Shoá (holocausto).

D.L. Más allá de tu obra, ¿podrías hacernos alguna recomendación literaria y/o audiovisual acerca de la dictadura argentina para que los que no sabemos mucho al respecto podamos conocer lo que ocurrió durante aquella época?

N.S. Hay numerosas películas y testimonios, entre ellos: el film “Infancia Clandestina” y el documental “Los rubios”, para nombrar dos de las tantísimas creaciones audiovisuales que abordan el tema desde la perspectiva de hijos de desaparecidos. En el ámbito literario Cristina Feijóo escribió, entre otros, La casa operativa, novela centrada en la experiencia de militantes comprometidos con la resistencia armada, con sus matices y dilemas; La casa de los conejos es un relato que trata ese mismo tema, escrito por Laura Alcoba (por vivir ella en París, seguramente será más fácil de encontrar en España). Entre los testimonios más recientes Putas y guerrilleras. La introducción de Miriam Lewin, una de las compiladoras y autoras, la publicó El País en mayo de este año. Su aporte me parece esencial porque reflexiona sobre la denigración específica que sufrían las mujeres en los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio. A pesar del activismo en el ámbito de los derechos humanos que se ha desarrollado en la Argentina, amplios sectores de la sociedad siguen sosteniendo prejuicios transmitidos de generación en generación que son el caldo de cultivo de estos crímenes, hoy considerados de lesa humanidad (por estar destinados a cancelar la condición humana de la víctima, como subraya el ensayista Alejandro Kaufman).

Hay otra autora cuyo trabajo es asequible en España, porque vive en Madrid. Me refiero a la argentina Sara Rosenberg. Un Hilo Rojo (1998) es su libro más testimonial, hecho de recortes que en la trama se presentan como material para un futuro documental. La novela se estructura alrededor de una detenida-desaparecida tucumana, Julia Berenstain, militante alrededor de cuya figura el narrador construye su memoria.

D.L. Me llama la atención el pánico que las dictaduras les tienen tanto a la cultura como a los y las artistas e intelectuales. Buceando en internet encontramos listas de escritores y escritoras prohibid@s, censurad@s, o torturad@s y asesinad@s por regímenes totalitarios desde largo tiempo atrás. Incluso en democracia, se le intenta poner trabas a la cultura (en España últimamente inventaron un canon donde las bibliotecas públicas que mejor funcionan serán penalizadas con un impuesto). ¿Es ponerle puertas al mar o realmente consiguen con esto que esa parte de la cultura que no les interesa no alcance a su público?

N.S. Los proyectos dictatoriales y los genocidas (no son idénticos: nosotros hemos padecido numerosas dictaduras, hasta que en 1976 se implementó un exterminio) no buscan solo matar al oponente, como en toda guerra, sino borrar de la faz de la tierra a esos Otros que no comulgan con su visión –del mundo, de la cultura, del pensamiento, de la religión–. Por eso no es sorprendente que ataquen o quemen bibliotecas, secuestren a escritores e intelectuales, prohíban títulos, etc. Para ellos son un verdadero peligro porque pueden difundir el “virus” que la medicina genocida quiere suprimir del cuerpo social. Las democracias pos-dictatoriales no siempre son sistemas realmente republicanos sino formas del continuismo (democraduras según Galeano), como la Argentina de los 90 o el Chile reciente, donde aún rige la constitución pinochetista). Si no se establece una discontinuidad con lo anterior los gobiernos “democráticos” seguirán con el proyecto de rediseño cultural y social impuesto, en otro momento, por el poder militar (y que hoy se identifica con la economía llamada neoliberal, implantada en nuestros países durante esos años). Lamentablemente logran, en gran medida, una apagón cultural (como lo llamaron en Chile), aunque jamás los apagones son totales: indefectiblemente quedan destellos que poco a poco logran iluminar tramas culturales resistentes. Pero provocan un daño indudable y dejan huellas con las que las generaciones siguientes tienen que lidiar.

D.L. Más allá de los horrores vividos, obviamente Argentina tiene muchas cosas buenas. Es de justicia que tras hacerte volver a lo malo giremos las tornas: ¿qué buen recuerdo guardas de los años previos a la barbarie? A quienes no conocemos el país, ¿qué nos recomendarías visitar si tuviéramos la oportunidad?

N.S. En los años previos al último golpe militarse vivía la intensidad del compromiso colectivo con los menos privilegiados; se decía entonces que se luchaba por un mundo más justo, y era cierto. Era difícil no formar parte, de alguna manera, de esa potencia utópica (que entonces era muy realista). Dentro de ese marco, entre mis mejores recuerdos figuran los campamentos que hacíamos grupos de estudiantes, siempre politizados, aunque eso se restringía en nuestro caso a discusiones y charlas alrededor del fogón. La idea era convivir por un tiempo y conocer regiones que nos permitían salirnos de nuestros parámetros citadinos. Lo hacíamos en la Patagonia, en vastos territorios en ese entonces casi despoblados, junto a montañas y lagos. Lamentablemente es imposible, tras un genocidio, separar las aguas de “lo bueno y lo malo”: varios de esos amigos desaparecieron y quedó la implacable presencia de su ausencia pegada a la añoranza por ese pasado compartido.

D.L. En este blog intentamos visibilizar lo invisible, en este caso la literatura escrita por mujeres (estadísticamente, aunque parezca increíble, esto es así). ¿Hay alguna escritora que te gustase visibilizar de tu Argentina natal o de los países en los que te has instalado más tarde?

N.S. Centrándome en los temas de esta entrevista puedo agregar La escuelita de Alicia Partnoy, testimonio publicado en los 80 en los Estados Unidos y en el 2006 en la Argentina, escrito por una sobreviviente del homónimo campo de concentración de Bahía Blanca, y a Tununa Mercado, autora (entre muchos otros) de En estado de memoria y Yo nunca te prometí la eternidad. La primera obra surge de su exilio en México y la segunda es una novela que vincula la historia de dos exiliados durante la Segunda Guerra Mundial: un brigadista internacional de la guerra civil española y una militante antifascista. Hay otras mujeres cuya obra conocí en el camino, como Edwidge Danticat, nacida en Haití y residente en los Estados Unidos, que nos familiariza con punzantes historias de su país natal y de la diáspora haitiana.

Y la lista continúa…

D.L. Normalmente, los cuestionarios de Maleducadas constan de 10 preguntas, pero en este caso con la mitad (dada la densidad de la materia), creo que podré arreglármelas. Como es costumbre, después del cuestionario hay un espacio para que tomes la palabra y nos cuentes aquello que hemos olvidado preguntar. ¿Algo que quieras añadir, entonces?

N.S. Me parece que, como Una sola muerte numerosa no resulta fácil de conseguir en España (aunque se puede leer en mi página web www.norastrejilevich.com, en la sección Escritos), lo mejor va a ser copiar unos párrafos [los mismos que pueden escucharse en el vídeo adjunto].  Creo que la escritura habla por sí sola. Solo aclaro que la persecución en la época era política, pero que el antisemitismo de las fuerzas armadas hacía que el judaísmo fuera un factor agravante a la hora de la “caída” (los judíos, además. eran identificados como “bolches”, derivado local de los bolcheviques).

No vamos a tolerar que la muerte ande suelta en la Argentina. Emilio Massera 1976

Una magia perversa hace girar la llave de casa. Entran las pisadas. Tres pares de pies practican su dislocado zapateo sobre el suelo la ropa los libros un brazo una cadera un tobillo una mano. Mi cuerpo. Soy el trofeo de hoy. Cabeza vacía, ojos de vidrio. Los cazadores de juguete me pisan pisa pisuela color de ciruela.

El rito exorciza mis pecados en el templo del Ford Falcon sin chapas: templo verde con antena que acelera por Corrientes, a contramano, pasando semáforos en rojo sin que nadie parpadee. Lo de siempre.

Pero no todos los días ¿o todos los días? se rompen las leyes de gravedad. No todos los días una abre la puerta para que un ciclón desmantele cuatro habitaciones y destroce el pasado y arranque las manecillas del reloj. No todos los días se quiebran los espejos y se deshilachan los disfraces. No todos los días una trata de escapar cuando el reloj se movió la puerta torció la ventana trabó y una gime acorralada por minutos que no corren. No todos los días una tropieza y cae manos atrás atrapada por una noche que remata su vida cotidiana. Una se marea por la vorágine de retazos, de ayeres y ahoras aplastados por órdenes y decretos. Una se pierde entre sillas dadas vuelta cajones vacíos valijas abiertas colores cancelados mapas destrozados carreteras inacabadas. Una apenas siente que los ecos modulan –¡te querías escapar, puta!– y que una boca inmensa la devora. Quizás murmuren voces conocidas: ni ella ni él están en nada. Pero una está aquí, del otro lado, en este cuerpo precario: suelas tatuadas en la piel bota en la espalda arma en la nuca.

¡De pie!– y una se para sumisa confundida atontada vencida y grita –¡me llevan, me llevan!– mientras dedos metálicos se clavan en la carne. Dos de la tarde impune la tiran a una al ascensor la arrastran. En la vereda una patalea contra un destino sin nombre en cualquier fosa colectiva. El espacio se deshace entre los pies.

Lanzo mi nombre con pulmones con estómago con el último nervio con piernas con brazos con furia. Mi nombre se agita salvaje a punto de ser vencido. Los domadores me ordenan saltar del trampolín al vacío. Me empujan. Aterrizo en el piso de un auto. Lluvia de golpes: este por gritar en judío este por patearnos. Y otro más.

Judía de mierda, vamos a hacer jabón con vos-. Soy un juguete para romper. Pisa pisuela, color de ciruela.

Una sola muerte numerosa / Nora Strejilevich

Para completar la entrevista, podéis descargaos el anexo de referencias citadas en las respuestas, y enciendo el deseo de que ojalá la frase que ahora grita buena parte de la sociedad argentina se hiciera realidad “Como algo así vuelva a pasar, / a dónde vayan los iremos a buscar”. Que el miedo no nos paralice y vayamos allá donde hagamos falta para detener los infinitos tentáculos de la barbarie que a veces asoman tan cerca…

Descarga aquí el ANEXO DE REFERENCIAS

No queda más que agradecerle a Nora su colaboración con Maleducadas y, para curiosidad de propi@s y extrañ@s, una instantánea de entrevistadora y entrevistada durante su visita a Galicia el pasado septiembre.

dl-ns

Dúas Lúas y Nora Strejilevich. Puerto de Fontán (Sada, A Coruña), septiembre de 2014

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2 pensamientos en ““Una sola muerte numerosa”: sin lugar para el olvido

  1. […] el punto de mira a Aída Bortnik, Griselda Gambaro, María Elena Walsh o Nora Strejilevich, a quien tuve el privilegio de conocer; o la Alemania de Hitler, donde se alentó la quema de libros (práctica habitual, […]

  2. […] Más información en mi blog Maleducadas: “Una sola muerte numerosa”: sin lugar para el olvido. […]

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