Grandes trabajadoras en la literatura escrita por mujeres

Surcando el ancho mar de mi memoria literaria, he creído conveniente traer hoy a colación, en recuerdo del ubicuo Día de la Mujer Trabajadora (en todas partes hablan o escriben acerca de él), los personajes femeninos que se caracterizaran por realizar un duro trabajo o, al menos, un trabajo remunerado que las defina. Repasando los últimos superventas literarios escritos por mujeres, a la sombra del subgénero pornorromántico (no puedo evitar el término y lamento si ofendo a alguien; o no, que soy maleducada) tan en boga actualmente, me sorprende descubrir que la mayoría de las protagonistas son algún tipo de empleadas menores, en lo más bajo o casi del escalafón laboral, más o menos cercanas al trabajo de oficina y saeteadas (amorosamente hablando) por el cachondo que se descubre como su jefe (que a su vez es saeteado por ellas), pero no me refiero al responsable inmediatamente superior sino al tipo de jefazo archipodrido de dinero que las saca de trabajar excepto que ellas protesten patética y débilmente “Oh, no, quiero seguir en mi puesto, es así como me siento realizada”, aunque normalmente sucumben y acaban dirigiendo la megaempresa con el jefazo que además de archipodrido de dinero está archirecauchutado de bronceadas abdominales y etcétera. Por mucho que he buscado, no he encontrado el caso contrario, en que una megajefaza se enamore del pobre diablo (aunque sí di con un caso en que una chica se enamora de un indigente, sólo que la susodicha no es millonaria sino que es la nieta semigarrapata de la anciana propietaria de una humilde tienda de barrio; por si os interesa, que ya sé que mis opiniones no valen para todo el mundo, hablo de Quédate a mi lado, de Noelia Amarillo).

Abrumada por la certeza de que, según ese tipo de literatura, no hay megajefazas y lo máximo a lo que podemos aspirar las mujeres para alcanzar un puesto de responsabilidad es cazar al jefazo, he vuelto mi mirada esperanzada a otro tipo de lecturas, con distintos resultados. Y ¡vaya!, encontré alguna megajefaza, concretamente a Miranda Hilliard, directora general en Hilliard Emporio, cuyo matrimonio acabó fracasando según leemos en Señora Doubtfire; se ve que las mujeres en grandes puestos tienen una vida amorosa poco exitosa. Y más allá de la oficina, ¿cómo se ganan la vida las protagonistas literarias?

  • Liando tabaco: Amparo es cigarrera en la Fábrica de Tabacos como lo fue (y es) su madre. Lo cuenta Emilia Pardo Bazán en La Tribuna.
  • Con aguja y dedal: Sira Quiroga es modista o costurera en el taller de costuras de otra mujer (doña Manuela Godina) como lo fue (y es) su madre Dolores. Si bien, y aún cuando en el anterior caso deducimos que toda la vida laboral de Amparo transcurrirá entre las paredes de la Fábrica de Tabacos, la vida de Sira se deslizará por otros derroteros, sin desligarse por completo de la moda (acabará fundando su propio taller de alta costura) pero al mismo tiempo coqueteando con un empleo poco convencional relacionado con el espionaje durante la II Guerra Mundial. Lo cuenta María Dueñas en El tiempo entre costuras.
  • Echando libros a volar: Esther Tusquets fue editora (además de escritora), actividad que plasmó en varios de sus libros, así que en este caso más que de novela hablamos de autobiografía. Lo cuenta la propia Esther Tusquets en Confesiones de una editora poco mentirosa.
  • Resolviendo crímenes: Petra Delicado es una inspectora de policía destinada en Barcelona que ha conseguido ganarse el respeto de sus compañeros. Sus casos se relatan, hasta ahora, en 9 libros, el último de los cuáles, escrito por Alicia Jiménez Bartlett, es Nadie quiere saber, que ha salido publicado este mismo año (2013).
  • Depende del personaje: Bibliotecaria, profesora de Secundaria, doctora y periodista y autora de cómics son las profesiones de algunas de las integrantes de El Clan de la Loba, por ese orden, Elena, Gaia, Karen y Selene; mujeres diferentes que conviven en un pequeño pueblo pirenaico. Lo cuenta Maite Carranza en La guerra de las brujas.
  • Endulzando la vida: la señora Bliss regenta junto con su marido un negocio familiar, la pastelería Bliss, y es una pastelera excepcional con un secreto: los dulces que elabora junto a su familia son mágicos. Lo cuenta Kathryn Littlewood en La pastelería Bliss.
  • Hilando fino: Res todavía es una niña, pero se considera tejedora desde la cuna: pertenece a un gremio que plasma la historia de su pueblo en los tapices que elaboran. Lo cuenta Tanja Kinkel en El rey de los bufones.
  • En la semiclandestinidad: Renée, además de portera en un edificio parisino, es una señora de avanzada edad con una visión cínica de la vida. Lo cuenta Muriel Barbery en La elegancia del erizo.
  • De puntillas: Rosa es una de las niñas (y niños) de la Guerra Civil Española que es llevada a Rusia para alejarla del conflicto en suelo íbero; allí descubrirá su disposición natural para el ballet convirtiéndose en bailarina del Bolshoi, siempre apoyada por su hermana, Harmonía, que terminará siendo la esposa de otro de los niños de la guerra reconvertido en científico; lástima que no acabara siendo ella misma la científica… Lo cuenta Marina Mayoral en Tristes armas.
  • Diseccionando cadáveres: Kay Skarpetta es doctora forense en un buen número de novelas, en los que resuelve crímenes mano a mano con la policía. Lo cuenta Patricia Cornwell en Post Mortem y otros cuantos libros más.
  • Entre letras anda el juego: Margaret Lea es una librera que ha heredado la pasión por el oficio de su padre, y la combina con un cierto talento para escribir biografías, lo que hará que se fije en ella una famosa escritora, Vida Winter. Lo cuenta Diane Setterfield en El cuento número trece.

A riesgo de pecar por falta de información o de memoria, no sé vosotr@s, pero yo el oficio más audaz que descubro es el de inspectora de policía… ¿No hay mujeres bombero, capitanas de buques mercantes? ¿No hay juezas, políticas en altos puestos de responsabilidad? ¿Por qué tantas relacionadas con labores domésticas, artísticas, sanitarias o de enseñanza? Está muy bien si se trata de reflejar la realidad (y lo afirmo sin datos, tal vez me equivoque), pero ¿por qué no buscamos transformarla?

Trabajadoras en la literatura más allá de lo escrito por mujeres

¿Y cómo ven a las mujeres trabajadoras nuestros escritores? En realidad, debo comentar que, según los ejemplos que manejaré, mucho mejor que las propias escritoras en el sentido de que las dotan de trabajos más audaces u originales, o cargan esos oficios de extras que las hacen irresistibles, como por ejemplo la enfermera Ratched de Alguien voló sobre el nido del cuco, todo un deshecho (que no desecho, ojo) de imperio y dictadura envuelta en sedas blancas y sonrisas lobunas.

Junto a la terrorífica Gran Enfermera (los pelitos de punta, me pone) tenemos a la incombustible y (creo) archiconocida hácker y empleada de empresa de seguridad Lisbeth Salander, de la trilogía Millenium, donde también encontramos a otras mujeres tremendamente fuertes y dando el callo en su profesión como Erika Berger (periodista y editora) o Monica Figuerola (inspectora del Departamento de protección institucional).

Otro libro con mujeres con trabajos fuera de serie es El Quinto Día: tenemos a Tina Lund, responsable del departamento de descubrimiento de yacimientos de una empresa petrolíferaSamantha Crowe, astrofísica especializada en la posible comunicación entre nuestra civilización y una hipotética civilización extraterrestre; Judith Li, teniente coronel del ejército de los Estados Unidos, o Karen Weaver, periodista científica (que dicho al lado de las otras labores incluso parece poca cosa).

El polémico Dan Brown se ha atrevido también a situar en la cúspide profesional (o, al menos, en un puesto laboral brillante) a alguna de sus coprotagonistas, como la Sophie Neveu de El código da Vinci, criptógrafa de la Policía Nacional Francesa.

Dignas de mencionar me parecen también la joven camarera Eva de Prohibido salir con el cliente, que, tras ser despedida de ese trabajo, es contratada en un chat erótico, o incluso la madre del grimoso protagonista de El perfume, Jean-Baptiste Grenouille, la cual, pese a que no recuerdo si es bautizada o no por el autor, me impresionó lo bastante para recordar su breve intervención en la obra como encargada de un puesto de pescado en un mercado callejero de la Francia ilustrada.

Más convencionales pero, no obstante, tremendamente agradecidos por la labor de normalización a la que contribuyen, es encontrar entre los personajes femeninos doctoras (como Lauren, en Ojalá fuera cierto), dueñas de cafés (como Doña Rosa en La colmena) o inspectoras de policía mucho menos frías que nuestra querida Petra Delicado (nos referimos en este caso a la inspectora Nola, creación en común de Pere Tobaruela y Ledicia Costas que, bajo el acrónimo de Pereledi sacaron a la luz las aventuras de la simpática Nola en la historia infanto-juvenil Mortos de ningures).

“¿Escribes o trabajas?”

Y si los personajes femeninos tienen en ocasiones trabajos curiosísimos, no es menos cierto que las mismas escritoras han tenido y tienen que calzarse las botas a menudo para poder llevar a la mesa un plato de lentejas. ¿Quieres conocer cómo se ganan las habichuelas nuestras escritoras? ¡Puedes descubrirlo gracias a una de nuestras reflexiones de Lecturas en femenino (nuestra colonia en Libros.com), “¿Escribes o trabajas?“!

Aquí nos despedimos (por ahora) con un deseo: ¡No olvidéis que los techos de cristal pueden romperse!

¡Nos seguim@s, maleducad@s!

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