El viaje al pasado de Maleducadas

Esta mañana, le pedimos prestado el DeLorean a Michael J. Fox y partimos hacia el año 1885*. Una vez allí, le enviamos un telegrama a Manuel Murguía desde una oficina de correos para concertar una cita con su esposa (pagamos con la colección de monedas de mi abuelo) y nos responde con amabilidad que se encuentra algo delicada de salud, pero a pesar de todo, dispuesta a recibirnos. ¡Sí, vamos a felicitarla en persona por el título a Maleducada del Año que le han dado nuestr@s lector@s!

Con emoción contenida condujimos el DeLorean rumbo a Iria Flavia, saltando de bache en bache por los caminos de tierra hasta que se me ocurre proponer, pensando en las películas de Regreso al futuro, emplear la vía del tren como carretera para llegar lo más deprisa posible a Padrón, pero la Bibliotecaria Maleducada, que es mi copiloto, me da una colleja:

–         ¿No sabes que todavía no está completo el trazado del ferrocarril aquí en Galicia?

¡Ay, es verdad, que estamos en 1885! Aunque, quién sabe, a lo mejor la línea de Padrón ya funciona… A escondidas, abro el ordenador de a bordo y me conecto al Google del futuro: ¡la línea Santiago-Carril se inauguró en 1873! ¡Toma ya, Bibliotecaria, te he ganado! Pero bueno, por si las collejas, me lo callo.

Y total, entre salto y salto, ya estamos aquí: Padrón es un pueblo muy señorial visto en 1885. Si tenemos un hueco, podemos parar en el mercado a ver si los pimientos que venden saben igual a los que cocinamos en 2012. Preguntamos por Rosalía de Castro a una señora mayor, pero se santigua y no nos dice nada. Claro, a quién se le ocurre plantarse con minifalda en 1885.

Por fin, un señor con sombrero de copa nos saluda. ¡Vaya, si es don Manuel Murguía, que nos esperaba! Lo acompañamos hasta una hermosa casa de piedra, y subimos al piso de arriba. Los escalones crujen escandalosamente, así que nuestra estimada Rosalía debe estar avisada de nuestra llegada, entonces, ¿por qué Murguía se empeña en llamar a la puerta con los nudillos antes de abrir?

–         Querida, las lectoras de las que te hablé están aquí.

–         Que pasen.

Con las mejillas ardiendo entramos deseando que se nos trague la tierra, y allí, por fin, está Rosalía. Está sentada en la cama, tapada hasta la cintura con unas mantas bastante horteras y un camisón blanco con cuello de encaje. Se la ve pálida y marchita, y nos da dolor de corazón molestarla.

–         Adelante, adelante. No molestan. Es un placer recibir visitas.

A un lado de la habitación, sentada en una silla, nos saluda también su hija, Alejandra, bastante seria y ella sí con cara de fastidio por nuestra invasión.

–         Señora Rosalía, encantada de conocerla –se me oye decir, mientras la Bibliotecaria Maleducada asiente.

–         ¿Qué era, neniñas?

–       Verá: resulta que mi compañera y yo escribimos una humilde publicación sobre maleducadas de la historia… uy, usted verá… –ya la lié, que acabo de llamar maleducada a Rosalía.

–         ¿Sí?

–       Maleducada no como insulto, sino… eso… como escritora. Quiero decir… Que ya sabe usted, que las escritoras lo tienen crudo para serlo y por eso algunos creen que son maleducadas… bueno, que es la escritora favorita y más querida de quienes leen nuestra humilde publicación. Y queriamos felicitarla, y eso… -ay, qué tonta estoy.

–         Ah, entiendo –mira, pues al final hasta nos sonríe y todo.

–         Por eso… si pudiera responder a unas pocas preguntas…

–         Claro, claro; para eso están aquí, ¿no? Alejandra, acércales unas sillas.

–       Si, madre –Alejandra nos fusila con la mirada mientras nos acerca esas sillas, que renquean casi tanto como los escalones. Sentadas a la vera de Rosalía, comenzamos la entrevista**, sin atrevernos casi a respirar e incapaces de pensar con normalidad:

–         Verá, eh… a nosotras nos ha resultado enormemente ilusionante que haya apostado por la denostada lengua gallega para publicar algunos de sus libros. ¿Cómo se le ocurrió?

–          Bueno… no fue tan difícil. ¿Cómo podría, sino era en nuestra lengua, hablar de lo que me inspiraba, que era la tierra entera y las gentes todas que me rodeaban? ¿En qué otra lengua podría hallar tanta dulzura y armonía?

–          Desde luego, desde luego… Y, díganos, ¿qué ejemplo nos pondría de tantas cosas dignas de ser cantadas?

–      ¿Una sola cosa? Imposible. Cantos, lágrimas, quejas, suspiros, caídas de la tarde, romerías, paisajes, dehesas, pinares, soledades, riberas, costumbres… acaso, ¿no es todo eso, por su forma y colorido, digno de ser cantado? ¿No tienen un eco, una voz, un gemido por leve que sea, capaces de conmovernos? Al menos, a mí sí me conmueven, quizás por lo bien que conozco la injusticia con la que tratan a Galicia acerca de esas mismas cosas en otras provincias españolas que presumen de ilustradas, riéndose y mofándose hasta de nuestra manera de hablar y de nuestra pobreza –a Rosalía le dio un acceso de tos, y Alejandra le acercó un vaso de agua, antes de continuar–. Perdonen si estoy siendo maleducada.

–         Nada, nada, usted misma. Ha viajado mucho, por lo que cuenta.

–        Pss. Puede decirse que sí. Prefiero no comentar lo que he visto, pero por eso sé de lo que hablo cuando digo que Dios bendijo esta tierra nuestra con hartura y belleza, y con un clima suave, que la hacen merecedora de ocupar los primeros puestos entre los países más encantadores de la Tierra.

–        Sí, ciertamente –asiento, hipnotizada por la seguridad con que habla la poeta que, animada por mi interrupción, coge carrerilla, así que desisto de comentar nada sobre el cambio climático que en 2012 sumirá al país en un inverno desértico.

–         Lagos, cascadas, torrentes, vegas floridas, valles, montañas, cielos azules y serenos como los de Italia, horizontes nublados y melancólicos aunque siempre hermosos como los tan alabados da Suiza, riberas apacibles y sereniñas, cabos tempestuosos que admiran por su gigantesca y sorda cólera…. mares inmensos… ¿Qué más diré? No hay pluma que pueda enumerar tanto encanto reunido.

–         Bueno, usted ha colaborado a que tanta y tan intensa belleza sea conocida por quienes gustan del arte de leer –hasta se me pega la pomposidad del lenguaje decimonónico.

–         ¿Usted cree? –parece alegrarse sinceramente–. Ese fue uno de los motivos que me impulsó a escribir, tal vez el principal: que Galicia alcance el respeto y admiración que se merece en lugar de las humillaciones y burlas de las que es víctima.

–         ¿Y qué me dice de usted? ¿No escribe para sí misma, para sacar del pecho esos clavos que cualquier persona va coleccionando en la vida?

–         Algo de eso hay también, mis buenas señoras. Pero, al cabo, esas tristuras de una, ¿en qué le pueden aprovechar a otro? Aunque, si escribiendo sobre ellas se van, en buena hora lo hagan, sin que yo sepa por qué se marchan ni me importe saberlo. Mas, si muchas de esas penas son mías, otras las he adoptado al escucharlas de labios ajenos, y unas y otras me han ido marchitando y debilitando hasta el punto de que ahora ni moverme del lecho me permiten los médicos. Y, por más que no lo entiendo, cuanto más descanso, más pienso, y más sufre mi corazón. ¡Ay, si fuera hombre no meditaría tan amargamente, que ellos sí saben distinguir lo sustancial de lo vano y no se entretienen sus pensamientos en la negrura de los sentimientos!

–         Yo… –no estoy muy de acuerdo en eso.

–         Disculpen mis divagaciones. ¿Qué más quieren preguntarme?

–         Sinceramente, nos sorprende su determinación en las opiniones que expresa. Resulta reconfortante saber que esas meditaciones de las que habla encuentran reposo en su poesía. No se lamente por ellas: gracias a usted, los lectores y las lectoras de su obra pueden alcanzar también esa hondura lúcida que ha impregnado sus versos.

–         ¿De verdad creen eso?

–         Tan verdad como que ha quedado en primera posición en el campeonato de escritoras que hemos organizado.

–         ¿Lo dicen en serio?

–         Muy en serio –interviene la Bibliotecaria Maleducada–. Es usted muy querida.

Los ojos de Rosalía brillan felices y comenta que, aunque suene paradójico, los pensamientos son sus flores predilectas. Al oírlo, Alejandra le acerca un ramo de tal flor que hay sobre la cómoda. La poeta lo toma en sus manos y acerca los pétalos a los labios. Nada más hacerlo, sufre otro acceso de tos, y comienza a ahogarse. Su hija nos sugiere nerviosamente que salgamos del dormitorio y avisemos a su padre mientras le da agua de nuevo. En el umbral, se cruza con nosotras una torre de ropa blanca cargada por una sirvienta, a la que damos recado de que llame al señor Murguía. La torre de ropa se balancea en un gesto de asentimiento y desaparece escaleras abajo. Al momento, llega Murguía corriendo y se acerca al lecho de su esposa, a quien Alejandra toma de la mano. Nosotras los observamos desde el umbral, sin atrevernos a entrar. Entonces, Rosalía, que parece dormida, abre los ojos y, girando la cabeza hacia Alejandra, le pide que abra la ventana, que quiere ver el mar.

El corazón me da un vuelco, y salimos de puntillas de la casa. Estoy tan hecha polvo que es la Bibliotecaria Maleducada quien toma el volante para volver al futuro… quiero decir… al presente. O sea, a 2012. Cuando recupero el habla, le espeto:

–         ¿Pero qué día programaste para visitar a Rosalía, animal?

–         El 15 de julio…

*Ciertamente, aunque hemos intentado hacer un relato jocoso acerca de una visita imaginaria a Rosalía de Castro, las circunstancias de las que la rodeamos no se prestan a la jocosidad. Vaya, pues, por delante, nuestro respeto y admiración hacia Rosalía de Castro, que es lo que ha inspirado este curioso viaje literario, con la esperanza de que, tras leerlo, alguna o alguno de nuestros lectores desee acercarse más a la poeta por excelencia (y ahora también Maleducada por excelencia) de Galicia.

** Las respuestas de Rosalía han sido adaptadas a partir de los prólogos de Cantares Gallegos y de Follas Novas. Los detalles sobre el día de su muerte se han descrito siguiendo los consignados en la Wikipedia.

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