Quedan cinco minutos para que acabe el día

A minutos de que nos deje este 14 de febrero, reconozco que no sabía en que día vivía hasta que, volviendo a casa, me crucé con una chica especial. Llevaba el aura de “adolescente en San Valentín” (cada vez estoy más conocida de que las y los adolescentes son los únicos que celebran esta onomástica a la americana, aunque siempre hay excepciones), y me descubrí imaginando una historia. ¿Qué cara pondrán -pensé- cuando nuestr@s maleducad@s lector@s vean que he sucumbido a proponerles la lectura de un minirrelato ocurrido en la imaginación de una servidora un 14 de febrero?

Así pues, antes de que acabe este día, mi pequeño regalo para tod@s ya que, en cierto modo, siempre hay algo o alguien de lo que estar enamorado, y para celebrarlo no hace falta gastar los euros en un regalo: un poco de tiempo bastará. Feliz 14 de febrero. Y 15. Y 16. Y 17…

Me vieron pasar con mi mochila al hombro, mi bufanda, mi peluche blanco y mi rosa, camino de la estación. Dijeron: Mira, qué afortunada. Su novio le ha regalado un peluche y una rosa. Los escuché sintiéndome complacida. Luego recordé que unas horas antes el dependiente me había mirado con curiosidad al cobrarme el peluche y la rosa, y en aquel momento sólo sentía vergüenza. Antes de subir al bus, le di el peluche a una niña y la rosa a una anciana. Y me sentí mejor.

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